Los humanos habitamos muchas cosas, nuestra casa, nuestro cuerpo, nuestro tiempo, conscientes de que existimos en función a un contexto mayor. En un planeta que se encuentra ya inserto dentro una crisis ecosocial, la arquitectura debería reconsiderar muchos de sus mandatos modernos. Hemos guiado el proyecto por una sana distancia respecto de ese futuro prometido por la modernidad, acercándonos a saberes ancestrales, dejar que nazca de la convicción de que muchas veces es mejor recordar, reutilizar, reciclar y reacondicionar antes que aplicar la tabula rasa; demoler y olvidar y así alcanzar una menor huella de carbono.
El proyecto proviene también del anhelo melancólico de revivir la casa de la niñez, puesto que, con esta vivienda el dueño revivía la casa de su infancia y se la entrega -a su vez a sus hijos- para que ellos construyan allí sus propias memorias.
En diálogo con esas dos premisas se pensó en el ladrillo el habitante material de este reciclaje. Se usaron cerámicas que se producen el valle cochabambino que realza los saberes heredados y valoriza las imperfecciones provenientes del cocido artesanal.
El proyecto retoma el funcionamiento programático de la vivienda original, rescatando un espacio central en doble altura que ha sido potenciado con la inserción de un gran lucernario. En la planta baja se han realizado dos ampliaciones insertando un dormitorio de visitas y un parrillero atravesado por dos árboles preexistentes.
En la planta alta se refuncionalizó el ala de los dormitorios de los hijos para que funcionen en suite. Para el dormitorio principal se propuso un generoso walking closet separado y un baño flexible a ese uso. En adición, por un puente se accede a un espacio privado para el papá y por una escalera japonesa a un altillo que contiene un sauna y un gimnasio para la mamá.







