El proyecto se emplaza en Yolosita, cerca de Coroico, en un entorno natural poco intervenido, de vegetación densa, alta humedad y topografía marcada. El encargo consiste en una vivienda de vacaciones y retiro con área de trabajo, pensada principalmente para un solo habitante, pero capaz de acoger encuentros esporádicos con amigos. Desde el diálogo inicial con el cliente surge una premisa central: una vivienda que pertenezca y nazca de su sitio sin convertirse en una cabaña rústica, manteniendo un carácter contemporáneo y lujoso. Su forma de habitar revela una relación íntima con el espacio: despertar con luz natural, concebir la ducha como un acto de reflexión, cocinar como experiencia creativa, y sumergirse en el agua como forma de contemplación y descanso. Habitar, para él, no es solo ocupar un lugar, sino vivirlo con emoción y sensibilidad.
Como respuesta, la vivienda se implanta aprovechando la topografía para hundirse casi por completo en la vegetación, apenas asomándose, permitiendo que la naturaleza continúe siendo la verdadera protagonista del paisaje. La piedra existente en el sitio se utiliza como material principal, otorgando peso, y pertenencia, mientras que el hormigón armado y la madera acompañan con un lenguaje contemporáneo y controlado. El programa se desarrolla en una sola planta y se organiza a partir de la experiencia del habitante: una suite amplia y luminosa, un baño concebido como un espacio casi ritual de meditación, y áreas sociales flexibles que se abren y se unifican con el exterior.
La cubierta de losa se transforma en una terraza habitable, incorporando una piscina y áreas de descanso que permiten al cuerpo hundirse en el paisaje. Más que un objeto arquitectónico, la vivienda busca convertirse en un refugio emocional: un lugar donde el tiempo se desacelera, el usuario se reconoce en los espacios y la arquitectura acompaña sin imponerse.

