Casa Meraki se implanta en una urbanización cerrada de Santa Cruz, Bolivia, sobre un terreno con pendiente pronunciada, condición que define de manera directa su organización espacial y constructiva. El proyecto aprovecha el desnivel natural para desarrollar tres niveles, integrando la topografía como parte activa de la arquitectura.
El acceso principal se sitúa en la cota más alta del terreno. Desde allí, un hall de doble altura funciona como espacio articulador, conectando visual y funcionalmente los distintos niveles de la vivienda. En este punto, la escalera adquiere un rol protagónico: concebida como una cercha metálica articulada, se apoya únicamente en dos puntos, inicio y final del recorrido, sin depender de muros contiguos. Fabricada artesanalmente con piezas metálicas ensambladas a medida, su estructura liviana expresa la colaboración entre diseño, cálculo y ejecución, transformando la eficiencia estructural en un elemento espacial y perceptivo.
En la planta baja, el área social se organiza como un espacio continuo que integra sala, comedor y cocina. Grandes paños de vidrio extienden esta continuidad hacia el exterior, vinculando el interior con la piscina y el deck, y generando un ámbito social semicubierto bajo el volumen superior. En este mismo nivel, la suite principal se proyecta sobre la pendiente y se apoya en un muro estructural de hormigón armado, cuya geometría aporta ligereza visual y refuerza la sensación de flotación.
El nivel inferior, parcialmente enterrado, alberga los espacios complementarios del programa, aprovechando la pendiente para garantizar iluminación y ventilación natural sin perder privacidad.
En la planta alta se ubican dos dormitorios en suite, contenidos en un volumen que se proyecta en voladizo, reforzando la percepción de ingravidez. Estructuralmente, los muros actúan como vigas de gran canto que soportan losas y cubierta.
La materialidad, hormigón armado, acero, vidrio y madera, se emplea con precisión y honestidad, construyendo una arquitectura sobria y atemporal.
