El proyecto se emplaza en el Mirador de Buena Vista, en un terreno en pendiente y con vistas privilegiadas. Se trata de un sitio singular dentro del pueblo, rodeado por calles de ladrillo, veredas verdes y una vegetación abundante compuesta por árboles grandes y centenarios, que constituyen la identidad del lugar.
Desde el inicio, las condiciones del terreno se volvieron determinantes. La premisa principal fue no intervenir la vegetación existente ni modificar la topografía natural. La arquitectura debía adaptarse al sitio y no al revés. No se partió de un lenguaje formal precocinado, sino de la voluntad de que el paisaje —y en particular los árboles— forme parte estructural del proyecto. Las cabañas se implantan entre la vegetación, permitiendo que los árboles atraviesen terrazas, se integren a los recorridos y construyan una secuencia continua de espacios intermedios donde los límites entre interior y exterior se diluyen.
El conjunto está compuesto por cuatro cabañas destinadas a una sola familia ampliada: la madre y sus tres hijos con sus respectivas familias. Esta condición definió una implantación cuidadosa, orientada a garantizar privacidad, vistas lejanas y una convivencia armónica. Las cabañas se disponen de manera escalonada, siguiendo la pendiente natural del terreno, de forma que ninguna unidad interfiere con la otra. Las terrazas superiores no evidencian la presencia de las viviendas inferiores, mientras que las cubiertas de estas últimas se transforman en terrazas habitables, reforzando la continuidad del paisaje.
El proyecto se organiza en torno a un espacio central verde que coincide con el recorrido natural de ascenso hacia el mirador. Este espacio funciona como núcleo del conjunto y como lugar de encuentro familiar, concentrando la vida cotidiana y articulando las relaciones entre las cabañas. Todas las unidades se abren hacia este centro y hacia las vistas predominantes, fortaleciendo una vida compartida sin superposición.
Cada árbol fue estudiado junto a biólogos para comprender el comportamiento de sus raíces, definiendo fundaciones puntuales mediante micropilotes y muros de contención cuidadosamente ubicados, evitando alterar los sistemas vivos del suelo. Hacia la calle, el proyecto propone una reinterpretación contemporánea de la galería colonial del pueblo, generando un espacio de transición y contacto con la ciudad, pensado para la contemplación y la vida comunitaria.
El proyecto no busca imponerse como objeto arquitectónico, sino integrarse al paisaje, poniendo en valor el mirador, la vegetación y la experiencia de habitar entre raíces, niveles y espacios intermedios.
